jueves, 28 de noviembre de 2013

Echar de menos...

Tengo un buen amigo al que le puede la curiosidad más que el pudor - no por nada es periodista – que siempre sabe hacerme preguntas que otros se guardan por incómodas y que sin embargo yo la mayoría de las veces le agradezco. Desde que me tocó ponerme de luto se empezó a interesar en el duelo que se arrastra sí o sí tras la pérdida, tal vez porque ha encontrado en mí una interlocutora dispuesta a responderle sin omisiones todas sus entrevistas. Yo estoy encantada de contestar, en realidad me hace hasta un favor. No encuentro mucha gente a la que arrojarle mis reflexiones en torno a la muerte sin violentarles. En realidad, pocos son los que preguntan ya, más allá de la fecha fijada en la esquela, qué tal se te da seguir en la vida con el roto de la ausencia. Tienen miedo de invocar un recuerdo, como si esa pregunta resucitase una tragedia olvidada, sin saber que esa pena te sigue irremediablemente por dónde vayas aunque no la oigan hacer ruido.

Cuántas veces los dolientes, aún al cabo de tantos meses que se han vuelto años, queremos chillar y seguir llorando con la misma rabia del día siguiente, y arrancarnos las ropas y hasta los pelos, pero no lo hacemos por deferencia a los demás, porque entendemos que nuestro dolor es incómodo pasado un tiempo cuándo el mundo ha girado en otro ángulo y se le ha perdido de vista lo que pasó. Menos mal que yo tengo a este amigo, que me remueve las heridas de tanto en tanto sin culpa alguna, que me escucha más curioso que compasivo, y me permite derramarle encima todas mis cavilaciones y mis tormentos sin miedo a perturbarle.

Hace no mucho que nos vimos y en medio de la cháchara se le cayó una de sus consultas delicadas que él suelta como quién pregunta por el último libro que te has leído, sin ceremonia, tan natural como al final es todo lo que ocurre en la vida, y no digamos la muerte, que nos va a pasar a todos.
- ¿Te acuerdas de él cada día?
- Cada minuto. – me oí contestarle.  Y me sorprendí. No mentía. En cada fracción de tiempo aunque sea la más mínima, en cada acontecer de cada día y cada noche, por cotidiano o por sorpresivo que sea, yo pienso en mi padre. Digo que me sorprende porque tenía entendido que el tiempo todo lo cura, hasta la peor de las desesperaciones. Pero desde luego no ésta, que aunque se aquieta -porque nadie es capaz de vivir para siempre con la cólera desamparada del principio- nunca remite, y al menos un minuto cada día me enciende una urgencia indomable de que me lo devuelvan.

Yo sé que los abandonos terminan por olvidarse aunque al principio se nos haga intolerable la idea de que esa persona falte. También sé que hay a quién se acaba queriendo de lejos, con la remota esperanza de un reencuentro que acaba siendo más fantasía que ganas. Me ha pasado con amigos y también con amores que son más difíciles de despegar. Pero, cuándo te arrancan a alguien sin consentimiento de nadie, cuándo no te queda ni recurso a la ilusión de volver tal vez a cruzártelo a la vuelta de alguna casualidad, entonces ¿con qué potestad olvidas?

Aún menos a un padre, incondicional y único. Mucho menos al mío que era el alivio de mis remordimientos, el consuelo de mis desamores, la paz de mis inquietudes. El ancla que me sujetaba frente a la deriva. El que me quería sin reproches por más que le engañara sin disimulo y le abandonara por otros para volver empapada en desengaño a oírle decir: ‘Si yo tuviera veinte años, me enamoraría de ti’. Mi padre, el único hombre de mi vida que siempre iba a estar y estaba disponible y dispuesto a cualquier hora de cualquier madrugada, para cualquier desvarío que se me ocurriese.

¿Cómo voy a olvidarme si quiera un segundo de que estuvo y ahora falta? ¿Cómo voy a verle nunca como el recuerdo remoto de alguien que me pasó en la vida? Me lo volví a plantear y entendí que no dejará de dolerme, ni dejaré de pensarle ni uno sólo de mis días, así pasen 100 años o los que me dure existir. Le echaré de menos con la misma impaciencia que si acabase de marcharse, porque no me sale de otra forma, y porque no hacerlo sería la peor de las traiciones. Primero a él, que se merece mis memorias hasta que se me apaguen. Después a mí, por olvidarme olvidándolo de una parte muy densa de lo que soy.


Así que definitivamente sí, me acuerdo de él todos los días, y a todas horas, incluso cuando pienso que no pienso y me entretengo en cualquier asunto de una vida que hoy rueda sin él. Y por primera vez tengo la seguridad de que esta añoranza no se cura con el tiempo como me pasó con otras, ni con recuerdos nuevos que tapen los de antes. No hay remedio para esto, ni me lo permitiría, porque la herida se su falta no admite cicatriz. 

martes, 7 de mayo de 2013

Suerte


Me preguntaba quién vino a borrarme la estrella que me brillaba en la frente desde que asomé la nariz al mundo. En el transcurrir de qué noche y con cuánto sigilo para que no me diera ni cuenta.

Pero me la quitó, yo que me la creía eterna, que había vivido hasta entonces sin otro pesar que algún desamor inconsolable al que terminé por encontrar consuelo. Yo, que di por hecha la fortuna de una familia completa, de los ruidos de mi casa hasta que me cansase de ellos, de cada oportunidad y capricho al alcance de un sobresaliente o de un ‘por favor, papá’. Se me olvidó creerme que a lo próspero le sobreviene lo adverso, que la riqueza se hace pobreza, que la salud termina en enfermedad y sobre todo que la muerte separa.

Y así, con la misma naturalidad con que me salió hasta entonces ser feliz sin darme cuenta, me vino al encuentro la adversidad y la fui asimilando sin mucho trámite, hasta que un día levanté las pestañas y descubrí el mismo mundo pero brillaba menos y pesaba más.

Supuse entonces que tal vez había sido abusiva la dicha que se me había concedido hasta entonces sin valorarla ni pensar si quiera en merecérmela. Así que me puse a escuchar la prédica de tantos eruditos de la felicidad que juraban que la ventura no es un derecho ni cae de las nubes, que uno si la quiere no puede quedarse a esperarla, sino empezar a construirla. Y como yo no sabía vivir sin mi buena fortuna, me puse a intentar armarla de nuevo.

Saqué a tientas los escombros que quedaron tras la catástrofe y derribé de un grito cada callejón sin salida para poder escaparme de lo que me atormentaba. Y una vez con la superficie barrida de desniveles, una vez que me quedó más o menos despejado el terreno de lo que entorpecía, me pareció que se filtraba la luz por algún lado, como se cuela el sol temprano por las rendijas de una persiana mal cerrada. 

Era más esa claridad tamizada de lo que había tenido en mucho tiempo, y sin embargo aún no bastó para sentirme satisfecha...

Y  ocurrió que un día, en medio de las briznas de luz que había conseguido poner a flotar, llegó inesperada y súbita una alegría, el sobresalto de un milagro minúsculo que no había reclamado a ningún Dios y por el que no había batallado porque ni se me ocurrió desearlo. No me costó reconocerlo porque yo había tratado con lo mismo antes: aquello era suerte. De esa que uno no se gana sino que se encuentra por casualidad, repentina y radiante. Una dosis diminuta, pero suerte al fin y al cabo. La suerte haciéndome cosquillas otra vez, la que me creí perdida sin remedio, brillándome descarada en la punta de los pies.

Cómo cuando chispea, levanté la palma de la mano hacia dónde flotan las nubes, esperando que me mojase los dedos otra gota de fortuna. La pura verdad es que aún no me ha vuelto a salpicar, pero nunca la lluvia, ni la más liviana, se aparece con una sola gota. 

Casi siento pendiendo en el aire la pesada humedad de lo que está por caerme encima. Así que espero, ya sin esperanza sino con certeza, la sensación fría de la siguiente punta de agua hundiéndoseme en el pelo o resbalándome por la frente. Porque aquella primera gota que se le escurrió al cielo no puede ser sino el preludio de un aguacero.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Re-VIVIR

No hay mayor condena que la que nos ata al mundo, porque nos toca acompañarlo en cada vuelta y recibirlo entre los párpados con cada mañana. Digo que es una condena no tanto por penosa -aunque también a veces- sino por impuesta. Es imposible convencer al cosmos de que apague la luz de un mediodía o de que no desnude a los árboles cuando toca noviembre. Sigue funcionando el tiempo y aleteando la vida hasta cuando nos resulta indecente y nos pasa que lo tomamos por insolencia, pero tal vez sea una fortuna.

Si algo sé es que no existe existir sin desastres, que por más prosperidad que llevemos  garabateada en las rayas de la mano a todos nos espera en algún cruce la ansiedad de un abandono o la frustración de un fracaso con su dolor furioso e insoportable.

Quién no ha querido de pura rabia romper de un grito el eje del mundo y dejarlo a oscuras. Volver el tiempo hielo y el mundo silencio y poner al cielo a llover salado como un llanto de nubes. Pero nada se detiene y sigue afuera el bullicio del día a día con todo su descaro sin importarle que el desconsuelo y su desgana nos haya dejado inertes como muertos a pesar de que siga martilleando el pulso bajo la piel de las muñecas.

Me pregunto cómo será vestirse una escafandra e irse a flotar al espacio donde es noche perpetua y no te obliga el vaivén de la vida a seguirla cuando no tienes ganas. Pero seguimos irremediablemente pegados a la gravedad de la Tierra y su desorden, y por más que nos queramos detener aquí y ahora, nos tironea con su movimiento implacable. Así que seguimos viviendo por simple inercia, porque no hay entreacto desde que uno nace hasta que lo entierran, si bien por momentos no nos apetezca otra cosa que enrollarnos en un capullo igual que gusanos seda para no tener que seguir viendo el devenir de unos días que ya no provocan ni interés ni gusto.

No nos da tregua la vida aunque estemos agotados, y de tanto acompañarla aunque no queramos, nos sorprende de pronto en el camino algo que nos resucita. Al cabo de unos pasos hastiados se nos aparece la promesa de un éxito o el cosquilleo de un encuentro inesperado que nos cura como por milagro del desamparo que traíamos arrastrando. Recuperamos de repente todo lo que creíamos extinguido sin remedio, y más que nada el gusto del tiempo: la impaciencia porque llegue una fecha y el anhelo de que nunca acabe un día.

Contradecimos a nuestra terquedad volviendo a ser felices -¡quién lo diría!- a veces incluso más de lo que nunca fuimos antes de la catástrofe. Nadie se explica entonces, cuando vuelven a saltar los duendes en el estómago, cómo pudo querer apagar el mundo un día, ni cae en la cuente de la suerte que tuvo porque el mundo, imparable y obcecado, no le dejó. 

Y es que todos hemos creído alguna vez que nos faltaba algo esencial para seguir viviendo, sin saber que para vivir no necesitamos nada, sino la vida misma.

miércoles, 17 de octubre de 2012

La boda de mi mejor amigo

Era cosa de niñas soñar con la boda de una como si ese fuese el fin único del paseo que nos damos por la vida. Yo también fantasee con la mía hasta que se me afinó la cintura y me dieron ganas de gustarles a todos y angustia firmar un contrato perpetuo que me amarrase a un marido y a un hogar al que deberme. No fui yo la única que pospuso la idea, le fue pasando lo mismo a todas mis amigas, no digamos mis amigos, cuando empezaron a paladear tantas alternativas cómo ofrecía la libertad irresponsable que se nos presentaba a los jóvenes consentidos que éramos. Así que dejamos nuestro plan de boda olvidado quién sabe en qué rincón aprovechando que no habíamos nacido 50 años antes, que era lícito y hasta obligado probarlo todo sin levantar mucho escándalo y que alguien había inventado ya el arroz que no llegaba a pasarse.

Decidimos aplazar anillarnos de oro el anular, es cierto, pero extrañamente nunca se nos pasó por la mente renunciar. Y resulta que hace poco más de tres semanas me encontré sentada en la banqueta de una capilla, con la cabeza llena de laca y envuelta hasta los pies en un vestido de fiesta para ver al primero de mis amigos jurando la eternidad junto a la misma mujer. No era yo la única testigo de algo que aún me parece casi soñado. Ahí estábamos todos, con los pelos bien puestos y los trajes impolutos, adoptando el gesto más solmene que sabíamos. Éramos los de siempre: los mismos con los que he compartido mediodías de recreo, desvelos de risa floja, amaneceres descalza y fugas de punta a otra del mundo para ver a qué sonaba la noche fuera de Madrid. 


Mira que a mí no se me había ocurrido que nos fuese a alcanzar nunca del todo la madurez como para ponernos a construir familias, pero ese día, me tocó ver como se le mojaban las pestañas a uno de mis mejores amigos al ver aparecer el balanceo de organza que se acercaba al altar. Prometió todo lo que se le fue requiriendo y dijo que sí, que quería, sin que se le atragantase la voz. Entonces, siguiendo el guión de todas las bodas, se hizo la emoción y las mujeres se la secaron con el piquito de sus pañuelos y los hombres se la tragaron con ruido porque les apretaba en la garganta.


 A mí me conmovió como a todos, claro. O más bien me admiró, porque siempre me parecerá un prodigio que alguien acumule tanta seguridad para jurar que nunca va a aburrirse de besar el mismo aliento cada mañana. Sin embargo, también sentía removerse algo debajo del escote, y yo hubiese querido temblar de dicha pura y dura, pero sabía que era de pena. De pronto me pesó el juicio que los años me habían ido soplando encima y se me había acumulado sin darme yo ni cuenta. Por supuesto que algo nos quedaba todavía de los imprudentes que estábamos acostumbrados a ser, pero lo éramos menos y con más mesura cada vez, por más cría e insensata que yo me siguiese creyendo. Por eso, no eran tanto ver a un amigo cambiar de estado civil lo que me daba vértigo, era más comprobar que lo asumíamos sin rebelarnos y sin espanto, haciéndole hueco en nuestra normalidad. Así que ese día, con los novios rozándose castamente los labios como si no se hubiesen mordisqueado ya la piel hasta la última esquina, me entró como una especie de añoranza precoz del tramo de vida en el que aún existía pero que presentía se me estaba acabando y me puse a echarlo de menos como si ya lo hubiese consumido. Me dio de pronto por querer vivir para siempre en esta época dorada que los que ya visten canas rememoran siempre con chispitas en los ojos y cuyo nombre empecé a entender en ese instante mismo: ‘los años de soltero’. 



Ya sé que no era mi boda y que para mi tranquilidad seguía soltera aunque no tan entera. Sin embargo, sentía que con ella empezaba a transmutar también mi mundo Los que nos juntamos aquella tarde habíamos caminado juntos la despreocupación de la infancia, la confusión de la adolescencia y el alboroto de la juventud y ahora a uno de nosotros le brillaba una alianza en el dedo.Por eso, ese compromiso suyo era el anuncio del que sería el mío y de la vida ordenada y formal que llevaríamos todos. 

Esa noche la terminamos de día con los tacones en la mano, la corbata en el bolsillo y los ojos de vidrio de tanto brindar a la salud de los novios. Seguíamos agitados de juventud o eso me pareció… Con todo, cuando llegué a casa terminada ya la madrugada, me acerqué mucho al espejo para contar en cuantas rayitas se me plegaban los ojos al sonreír. Será que las conté mal o que las miré con la idea ya preconcebida de que me estaba haciendo mayor, pero a mí me parecieron más que la mañana anterior.


viernes, 21 de septiembre de 2012

Mi ambición


Con 26 años y la sofocante sensación de que de aquí a los 30 me quedan tres canciones del verano, empiezo a sentir la presión de pensar en el futuro. Pero pensar de verdad. Se me pasó la adolescencia esperando mensajes indescifrables en un Nokia y los años de universidad saltándome primera y dormitando la trasnoche de los jueves. Y ahora me encuentro con que los ‘venti pocos’ me los he gastado, que empiezo a tener ‘venti muchos’ y que cuando decía aquello de ‘de mayor voy a ser…’ tenía la seguridad incontestable de que sería mayor hace ya 24 uvas y ocho cuartos.

Tengo al futuro acosándome para que empiece a construirlo y no tengo hecho ni el boceto. Sólo de pensar en hojear los días que me quedan por vivir me entra la tiritona y la angustia se me hace bola. Pero si algo me espanta más que nada es la ambición esa que dicen que hay que tener para ser un ‘Don alguien’ y que por más que me rebusco en los bolsillos no me encuentro por ningún lado.

Me abruma el tarareo constante de los planes de otros, la apabullante firmeza con que los sentencian. Llevan entre las cejas el convencimiento de cada uno de sus triunfos y en sus agendas un contrato de cifras indecentes y la decoración de un despacho propio con sillón de cuero como temas pendientes. Yo he intentado más de una vez achinar los ojos para mirar al horizonte de mi vida, a ver si encuentro en qué curva de mi destino me está esperando una casa que se mida en hectáreas y no en m2, pero por más que miro no intuyo ni el contorno..

Mucho me han bombardeado con  la importancia de apuntarse a la carrera con la meta más alta y hacerse hueco en el podio, hasta obligarme a guardar por mucho tiempo mi falta de ambición con la vergüenza de una beata con pecado inconfesable. Y resulta que ahora, después de tanto dejarme morder por el remordimiento de mis flojas pretensiones, me he dado cuenta de que al final yo también soy ambiciosa, aunque tal vez con menos ostentación de la que se espera de mí. Y lo digo sin bochorno.

Para empezar, tengo una ambición que no va corriendo detrás de una nómina a la que le sobren  ceros, sino que  más bien persigue poder hacer lo que me gusta, y si no me toca esa suerte, al menos aprender a enamorarme de lo que hago como termina por enamorarse siempre una de los hombres tenaces, sin el arrebato del flechazo pero con la segura serenidad de la costumbre.

Con todo y mi condición de mujer, reconozco que también se me ha traspapelado el deseo de arrastrar algún día  el frufrú de un velo blanco y consentir que de un hombre sólo me separe la muerte. Lo que de verdad quisiera, es ser capaz de cruzar de la pasión impaciente  de un comienzo al sosiego cómplice de los que han terminado de descubrirse del todo con la ternura intacta.

Confieso, por lo mismo, que me agotan los niños si me los prestan más de un ratito, que me da miedo sujetar un bebé por si se me rompe y que soy una firme candidata a la depresión post parto porque no imagino tedio peor que dedicar la vida a estar pendiente del próximo berrinche que llegue desde una cuna, con las ojeras crónicas y la cintura echada a perder. Sin embargo, acaso porque la contradicción me sigue cada vez que hago y requiero, en mi lista de deseos que voy a  concederme está el de ver cómo me sienta la tripa de embarazada al menos una vez en la vida y reconocerme algún día en los pliegues de las orejas de un ser humano que sea lo más mío que haya tenido nunca.

Yo que me creía vana en materia de ambiciones y ahora que he sabido identificarlas me desbordan... Entre tanta aspiración a la que aspiro me queda toda una ristra. 

Quisiera que al cabo de mi vida cuando mi cerebro arrugado de tanto vivir y pensar - y más soñar, si es posible-  haga la cuenta, sumen más los encuentros y reencuentros que las despedidas, igual que ansío aprender llorar la rabia de las desdichas hasta hartarme, para llegar serena cuando me toque volver a tratar con la felicidad. Y por supuesto, que no se me olvide tener la nostalgia siempre a mano para recordar que fui afortunada.

Pretendo con idénticas ganas hacerme vieja con los mismos con quienes fui joven, mis amigos, y con un puñado más que se me vayan enganchando en el camino y se hagan para siempre. 
Procuraré asimismo conservar con mimo de coleccionista, intacto y sin rayones, el disco de mi memoria dónde grabé la risa de fiera mansa de mi padre para que me siga sonando en los oídos con la misma nitidez que si nos riésemos juntos. Y no olvidarme en mis reposos de dejarle la puerta de mi REM abierta, para que se me siga colando en los sueños, él y todos los que me vayan faltando, y así no tener que despedirme nunca del todo.

Por último, para no ansiar con excesos  que tampoco quisiera rozar la codicia, más que vivir encumbrada, ambiciono morirme  sin que me duela, mucho menos la emoción, satisfecha y sin nada de qué arrepentirme. Que mientras exista, tenga el ánimo entrenado para despertarme cada día con el arrojo de una guerrera y rendirme cada noche a la narcosis con la paz de una bendita.

Entre tanto, para entretener el tiempo que voy consumiendo mientras sigo a mi ambición, simplemente ambiciono que no me falte nunca algo que escribir haciéndome cosquillas en la punta de la lengua.




martes, 12 de junio de 2012

Con todos mis respetos

Se le ocurrió decirme un día a un hombre con el que se me había enredado el deseo que me respetaba. Sorpresa la mía, que lo daba por hecho, cuando me di cuenta de que él esperaba que aquella revelación me hinchase el orgullo. Será que por ser mujer me ha tocado tener que merecerme el respeto de un hombre. O que a ellos, por nacer hombres, se les concede el derecho a decidir si somos acreedoras del mismo o no lo somos.

Yo creía que el respeto era algo que se debía al prójimo, como se debe amor a los hijos o duelo a la muerte, porque sí, sin preguntas ni peros. Jamás se me ocurrió dudar que alguien que me ha besado el ombligo pudiese haber compartido tanta intimidad y haberse guardado la deferencia. Me asombra, más que me pesa, que por llevar curvas se nos lleve también la cuenta de con cuántos hemos dormido o de qué manera, y que tras la suma se nos conceda o se nos niegue el dudoso honor de ser dignas de su decoro. Yo pensaba que llegados a este punto de la historia, en el rincón del mundo en que respiro, las mujeres habíamos dejado de llevar la honra entre las piernas, y más aún, que el honor de un hombre residía precisamente en saber sentir a las mujeres como iguales tanto en lo que hacen vestidas, como en lo que hacen desnudas. Pero parece que en lo segundo se les embota la tolerancia y se les nubla la justicia, y que si bien avanzan los tiempos, las ideas se les vuelven perezosas y esas no marchan más que a pasitos.

Es verdad que ya no se nos exige manchar de rojo la cama para hacernos respetables -¡Gracias a Dios!-, sin embargo se estudia hasta donde besamos en el primer encuentro y se repasa la lista de con quién hemos brincado entre las sábanas como súmmum a la hora de valorarnos. Si creen que nos hemos excedido en las pasiones, nos convertimos en mera estación de desahogo sin pararse a descubrir qué cantamos en el coche, si cambiamos el azúcar por sacarina o sabemos hacer reír a las lágrimas. Se llegan a perder tantas cosas por ser tan absurdos que casi hasta me dan pena. A más de uno y a más de dos se les habrá extraviado el amor de su vida en el montón  de las que ‘están para divertirse’ y habrán acabado casados con esa una supuesta decencia con la que no se divierten nada.

Me cuesta entender esa obsesión por el recato femenino cuando se trata de placeres. Tal vez sea simple vanidad por ser el primero, el único, el elegido. O quizás el puro miedo a ser ese ‘uno más’ con el que a nosotras nos censuran. Aún no saben que a las mujeres nos hicieron con el alma generosa y cortés, para entregar a cada quién su trocito de importancia, así nos dure la ternura una semana, unas horas o la vida entera.

Está de más decir que a mí no me cabe la vergüenza en la dicha de estrenar cuantos amores se me crucen, ni de explorar en sus cuerpos lo que se me antoje. Por lo mismo, no me ofende que me niegue el respeto un hombre que se ha dado la autoridad de convertirme en paria por haber recibido más caricias de las que soporta. Como tampoco me alivia, ni mucho menos me halaga que me conceda su respeto con la suficiencia del que se atreve a juzgar.

El único respeto que ambiciono es el que me tengo a mí misma, que por suerte es mucho. Y si existe quién consiente en respetarme sólo bajo condiciones, él es quién no merece esa consideración que decide negar. Con todos mis respetos.

miércoles, 4 de abril de 2012

Baja modesto...

Yo soy de la que va mirando los escaparates cuando camina por la calle. Cualquier escaparate. A veces miro la ropa, pero la mayoría del tiempo, lo reconozco, lo que me interesa es mi reflejo. Me gusta mirarme. Algunos días más que otros, claro está, pero por lo general disfruto al encontrarme con esa versión translúcida y fugaz de mí misma que aparece y desaparece entre cristal y cristal.
Sé que no soy la única. Cuando no estoy absorta en la contemplación de mi vidrioso alter ego, me fijo en otras personas que se examinan también por el rabillo del ojo. ¿Vanidad? No siempre. A veces es simple curiosidad por ver cómo somos en movimiento, o por comprobar si estamos despeinados. Sin embargo, seamos valientes y admitamos que otras  muchas nos miramos porque nos gusta lo que vemos.
¿Y qué? ¿Acaso no es maravilloso admirar a la persona que nos acompaña cada segundo desde que nos escurrimos en este mundo?
Me pregunto por qué un sentimiento tan necesario como el amor propio está condenado a ser silenciado o tratado de forma despectiva -vanidad, vanagloria, soberbia -. Parece que cualquier forma de expresar el orgullo que sentimos por nosotros mismos es obscena y escandalosa, una ofensa de las graves. En nombre de la modestia, agachamos la cabeza avergonzados ante los cumplidos y nos apresuramos a neutralizarlos por miedo a que se nos tache de arrogantes. Al final, parece que los halagos nos hacen sentir incómodos y sorprendentemente nos cuesta más trabajo lidiar con los piropos que con las críticas.
Pues como de modestia va la cosa, en mi modesta opinión resulta ridículo que neguemos nuestras propias virtudes. No entiendo eso de que nos esté vetado percibir nuestra inteligencia, nuestra belleza o nuestro talento. Dudo que Gisele Bundchen se plante ante un espejo y no se encuentre cara a cara ante una mujer monumental, igual que me cuesta creer que Pablo Neruda tuviese una concepción mediocre de sus versos o que Michael Jackson se considerase un artista ‘del montón’. Por eso, lo cierto es que, puestos a elegir, me quedo con un chulo redomado antes que con un falso modesto de esos que cuanto más refutan su genialidad, más se les inflama el ego.
No me malinterpretéis, tampoco se trata de caer en una devoción de yo, yo y otra vez yo, que todos sabemos dónde acabó Narciso. Creer que nos hemos caído del Olimpo sólo nos condena a la soledad entre un puñado mortales que por no llegarnos ni a la suela del zapato, jamás alcanzará a mirarnos a los ojos. Admirarnos sanamente y con objetividad implica reconocer y celebrar los dones de los que nos rodean.
Por eso, yo simplemente abogo por una justa valoración de nosotros mismos, sin tabúes ni vergüenza a que nos tachen de engreídos. Si una mañana estás especialmente guapa, estás especialmente guapa, y punto. ¡Mírate al espejo las veces que haga falta y lánzate un beso si te da la real gana!
Al fin y al cabo, para aguantarnos toda la vida, ¡hace falta querernos mucho!