lunes, 19 de enero de 2015

Nunca


Nunca, ni en el más miserable de mis días, he sido capaz de ser desgraciada por un día entero sin concederme una tregua. Nunca, y estoy segura de eso, porque no se me olvida la liviandad de la risa aligerando el peso de mis párpados mojados, incluso una madrugada de junio en que creí que sufrir sería para siempre. Qué importa si fueron segundos, o algún minuto malogrado. El caso es que existió un instante de paz y hasta de contento en mitad del desconsuelo, y que no sólo existió entonces, sino que siempre existe.

Quién quiera que nos puso en el mundo, nos libró de la capacidad de penar sin descanso. Y creo que no celebramos como merece ese talento nuestro de nunca conseguir una desdicha constante y definitiva.

Bendita sea la distracción de esas bromas nubladas cuando algo duele insoportablemente dentro. Bendita la alegría fugaz y borrosa que nos permitimos para no morir de pena. ¿Cómo es que se padece con tanta ceremonia y nadie le rinde un honor siquiera al viento de la risa cuando nadie lo esperaba? Qué milagro ese de reír con lágrimas, y qué torpeza la nuestra que por común lo dejamos pasar sin  advertirlo.  

A veces se me ocurre que es con ese llanto abandonado con el que deberían regarnos la cabeza cuando nos presentamos al mundo, y no con aquel agua insípida que nada ha vivido y nada tiene que decir. Uno se presentaría a los Dioses berreando dentro de su faldón de organza, y ellos le devolverían el saludo mojándole de la promesa de que aún en sus peores miserias habrá sitio para una sonrisa, así sea por despiste.

martes, 28 de enero de 2014

Mi persona favorita

Tengo la suerte de llevar en el linaje a una mujer que es un privilegio. No ha sido pionera de nada, jamás le han prendido medallas, y tampoco le ha prestado su nombre a la Historia, ni la Historia ha querido pedírselo. Pero ha enfrentado el desastre de la vida durante 90 años sin pisar ni una vez la calle con el pelo en desorden y eso es como para admirárselo.

Aún le queda mucho verde en los ojos aunque el tiempo se empeñe en desteñírselos y las arrugas le han dejado en paz porque todavía se la creen joven. Yo sé que es de otro siglo porque me gusta pedirle que me cuente sus recuerdos hambrientos de la guerra en Madrid y sin embargo, vive en el siglo de ahora sin que le quede incómodo, como si se hubiese equivocado el destino mandándole nacer en otra época.

Hubiera podido ser alguien importante porque tiene nariz de actriz de Hollywood y presencia de emperatriz. Pero se contentó con dedicarse a ser sólo nuestra e hizo de su manada el triunfo de su paso por el mundo. Será esa la razón de que lleve siempre en la cabeza un alboroto de preocupaciones que no le son propias: sufre con las peleas de enamorados de las nietas, con las derrotas deportivas de los nietos o con la última factura del hijo al que se le complica el mes. Y con la misma pasión con que se angustia con nuestras catástrofes, se entusiasma con los triunfos de cada uno, como si la gloria al final fuese más suya que nuestra.

A veces me pregunto qué le damos nosotros a cambio, aparte del griterío en que convertimos su casa los domingos de cada semana desde que me alcanzan los recuerdos. Antes de que el tiempo le empezase a doler en los huesos, nos recibía con un banquete de reyes en su mesa de comedor que jamás alcanzamos a terminarnos. Se sentaba en su silla sin probar nada, pendiente de qué no le gustaba a quién y a quién le faltaba qué, levantándose a cada rato para ir a buscar algo en la cocina y dispuesta a empanarme lo que le pidiese en cuanto me veía arrugar la nariz. No entiendo con qué autoridad rechazaba yo alguno de esos sabores mágicos que se inventaba cuando apenas asomaba los ojos por encima del tablero, ni como me lo permitía ella. Pero si lo pienso, sería imposible llevar la cuenta de las cosas que me ha consentido siempre sin hacer caso a los reproches de nadie.

Es verdad que todavía le quedan ideas antiguas que hablan de recato en las mujeres y de deberse a un solo hombre para la eternidad. Y aún así ha dejado de importarle que yo haya acumulado amores como para 3 vidas sin cumplir los treinta y que aún no me decida a ponerme un anillo que me comprometa a alguien a perpetuidad. Lo único que le preocupa, más que la indecencia de tantas conquistas es, como ella dice, que me quede ya sin nadie a quién rechazar.

Por eso no siempre estamos de acuerdo. Nos separan muchos años y muchas horas de misa y rosario que a mí me faltan. Eso de acumular  pasiones a ella le resulta obsceno, igual que a mí mentira un solo amor para siempre. Hasta el día que la vi a besar al cadáver de su marido en los labios, sin importar quién la veía, ni lo fría que está la muerte. Hasta que la oí decirle desolada: ‘Amor mío, ya no vuelves a casa conmigo’ y me creí definitivamente que había vivido más de 50 años enamorada del mismo hombre.

De ella he aprendido que sí que existe amar a la misma persona desde el principio hasta el término de una vida sin que sea al final más una cuestión de costumbre que de adoración. Y yo aún no he sabido convencerla de que hay que querer a muchos para asegurarse de elegir al bueno. Acaso será que quién está equivocada es una servidora. Y tendré que darle la razón ese hombre al que tanto quiso, porque era imposible no quererle, cuando me decía desde la irrefutable autoridad de su bigote blanco que más sabe el diablo por viejo que por diablo.

Si vuelvo al principio de mis memorias, me encontraré seguro con algún primer recuerdo que huela a ella. Acurrucada en la generosidad de su pecho esponjoso, escuchándole cantar a media voz siempre la misma nana inventada. O sentada en los dominios de su cocina, dónde era reina y soberana, mezclando en un plato ingredientes que sobraban para creerme que cocinábamos juntas. Su casa siempre fue el mejor recreo y ella la mejor compañera de juegos que he tenido, junto con mi hermana.

Hoy que he crecido, prefiero sentarme a su lado y preguntarle por esa vida suya antes de mí que me he perdido. Y me da rabia no haber estado ahí para verla cuando era joven. Cuando la oigo hablar indignada de algo que no comprende, y reírse con escándalo de lo que le divierte; cuando me adivina las penas escondidas por más que las disimule, o cuando me pide que la acompañe a su armario para decidir juntas qué se pone hoy, pienso sinceramente que si el azar me hubiese puesto en su mismo tiempo pero fuera de su familia, la hubiese elegido como mi mejor amiga.

Hay días que me entra el miedo de que me falte, le abrazo y le pido: ‘Abuela, no te mueras’. Ella me mira espantada, como pensando que he tenido algún presentimiento y yo añado para tranquilizarla: ‘Es que eres de mis personas favoritas del mundo.’ Y ella me contesta para tranquilizarme a mí: ‘Entonces, es recíproco.’

viernes, 6 de diciembre de 2013

Qué triste un mundo... (DEP Nelson Mandela)

Qué triste un mundo que amanece sin la leyenda viva que era Mandela. La prueba aún palpable de que la reconciliación y el perdón siempre llevarán mucho más lejos que la venganza, de que el compromiso tenaz con una idea de justicia es un triunfo en sí mismo, independientemente de lo que finalmente se logre (y que afortunadamente se logró). Un hombre que demostró que estar descalzo, cautivo y sometido al trabajo forzoso no significa ser un hombre humillado y vencido, y más inaudito aún: que 27 años sin libertad pueden no ser 27 años perdidos.

Qué triste un mundo que ha hecho mortal hasta a quién no debería serlo, dejándonos huérfanos del ejemplo superviviente del preso 46664. Ese terrorista negro que tantas veces rechazó la libertad a cambio de su renuncia a la violencia y que terminó por dar una lección de humanidad a la propia humanidad, que de humana no tiene tanto. Ese condenado a perpetuidad del que aprendimos que si algo deber ser perpetuo, esos son los ideales y que al final, la perseverancia paciente –y más cuando es pacífica- es la gloria de toda lucha. Pero superior a su empeño indestructible, fue la razón del mismo, su cierta convicción de que en esta Tierra hay lugar para todo el mundo y que ningún ser humano tiene más valor que otro.

Descanse en paz Madiba, esa leyenda viva que desde ayer es algo aún mejor aunque más simple: simplemente, LEYENDA.





jueves, 28 de noviembre de 2013

Echar de menos...

Tengo un buen amigo al que le puede la curiosidad más que el pudor - no por nada es periodista – que siempre sabe hacerme preguntas que otros se guardan por incómodas y que sin embargo yo la mayoría de las veces le agradezco. Desde que me tocó ponerme de luto se empezó a interesar en el duelo que se arrastra sí o sí tras la pérdida, tal vez porque ha encontrado en mí una interlocutora dispuesta a responderle sin omisiones todas sus entrevistas. Yo estoy encantada de contestar, en realidad me hace hasta un favor. No encuentro mucha gente a la que arrojarle mis reflexiones en torno a la muerte sin violentarles. En realidad, pocos son los que preguntan ya, más allá de la fecha fijada en la esquela, qué tal se te da seguir en la vida con el roto de la ausencia. Tienen miedo de invocar un recuerdo, como si esa pregunta resucitase una tragedia olvidada, sin saber que esa pena te sigue irremediablemente por dónde vayas aunque no la oigan hacer ruido.

Cuántas veces los dolientes, aún al cabo de tantos meses que se han vuelto años, queremos chillar y seguir llorando con la misma rabia del día siguiente, y arrancarnos las ropas y hasta los pelos, pero no lo hacemos por deferencia a los demás, porque entendemos que nuestro dolor es incómodo pasado un tiempo cuándo el mundo ha girado en otro ángulo y se le ha perdido de vista lo que pasó. Menos mal que yo tengo a este amigo, que me remueve las heridas de tanto en tanto sin culpa alguna, que me escucha más curioso que compasivo, y me permite derramarle encima todas mis cavilaciones y mis tormentos sin miedo a perturbarle.

Hace no mucho que nos vimos y en medio de la cháchara se le cayó una de sus consultas delicadas que él suelta como quién pregunta por el último libro que te has leído, sin ceremonia, tan natural como al final es todo lo que ocurre en la vida, y no digamos la muerte, que nos va a pasar a todos.
- ¿Te acuerdas de él cada día?
- Cada minuto. – me oí contestarle.  Y me sorprendí. No mentía. En cada fracción de tiempo aunque sea la más mínima, en cada acontecer de cada día y cada noche, por cotidiano o por sorpresivo que sea, yo pienso en mi padre. Digo que me sorprende porque tenía entendido que el tiempo todo lo cura, hasta la peor de las desesperaciones. Pero desde luego no ésta, que aunque se aquieta -porque nadie es capaz de vivir para siempre con la cólera desamparada del principio- nunca remite, y al menos un minuto cada día me enciende una urgencia indomable de que me lo devuelvan.

Yo sé que los abandonos terminan por olvidarse aunque al principio se nos haga intolerable la idea de que esa persona falte. También sé que hay a quién se acaba queriendo de lejos, con la remota esperanza de un reencuentro que acaba siendo más fantasía que ganas. Me ha pasado con amigos y también con amores que son más difíciles de despegar. Pero, cuándo te arrancan a alguien sin consentimiento de nadie, cuándo no te queda ni recurso a la ilusión de volver tal vez a cruzártelo a la vuelta de alguna casualidad, entonces ¿con qué potestad olvidas?

Aún menos a un padre, incondicional y único. Mucho menos al mío que era el alivio de mis remordimientos, el consuelo de mis desamores, la paz de mis inquietudes. El ancla que me sujetaba frente a la deriva. El que me quería sin reproches por más que le engañara sin disimulo y le abandonara por otros para volver empapada en desengaño a oírle decir: ‘Si yo tuviera veinte años, me enamoraría de ti’. Mi padre, el único hombre de mi vida que siempre iba a estar y estaba disponible y dispuesto a cualquier hora de cualquier madrugada, para cualquier desvarío que se me ocurriese.

¿Cómo voy a olvidarme si quiera un segundo de que estuvo y ahora falta? ¿Cómo voy a verle nunca como el recuerdo remoto de alguien que me pasó en la vida? Me lo volví a plantear y entendí que no dejará de dolerme, ni dejaré de pensarle ni uno sólo de mis días, así pasen 100 años o los que me dure existir. Le echaré de menos con la misma impaciencia que si acabase de marcharse, porque no me sale de otra forma, y porque no hacerlo sería la peor de las traiciones. Primero a él, que se merece mis memorias hasta que se me apaguen. Después a mí, por olvidarme olvidándolo de una parte muy densa de lo que soy.


Así que definitivamente sí, me acuerdo de él todos los días, y a todas horas, incluso cuando pienso que no pienso y me entretengo en cualquier asunto de una vida que hoy rueda sin él. Y por primera vez tengo la seguridad de que esta añoranza no se cura con el tiempo como me pasó con otras, ni con recuerdos nuevos que tapen los de antes. No hay remedio para esto, ni me lo permitiría, porque la herida se su falta no admite cicatriz. 

martes, 7 de mayo de 2013

Suerte


Me preguntaba quién vino a borrarme la estrella que me brillaba en la frente desde que asomé la nariz al mundo. En el transcurrir de qué noche y con cuánto sigilo para que no me diera ni cuenta.

Pero me la quitó, yo que me la creía eterna, que había vivido hasta entonces sin otro pesar que algún desamor inconsolable al que terminé por encontrar consuelo. Yo, que di por hecha la fortuna de una familia completa, de los ruidos de mi casa hasta que me cansase de ellos, de cada oportunidad y capricho al alcance de un sobresaliente o de un ‘por favor, papá’. Se me olvidó creerme que a lo próspero le sobreviene lo adverso, que la riqueza se hace pobreza, que la salud termina en enfermedad y sobre todo que la muerte separa.

Y así, con la misma naturalidad con que me salió hasta entonces ser feliz sin darme cuenta, me vino al encuentro la adversidad y la fui asimilando sin mucho trámite, hasta que un día levanté las pestañas y descubrí el mismo mundo pero brillaba menos y pesaba más.

Supuse entonces que tal vez había sido abusiva la dicha que se me había concedido hasta entonces sin valorarla ni pensar si quiera en merecérmela. Así que me puse a escuchar la prédica de tantos eruditos de la felicidad que juraban que la ventura no es un derecho ni cae de las nubes, que uno si la quiere no puede quedarse a esperarla, sino empezar a construirla. Y como yo no sabía vivir sin mi buena fortuna, me puse a intentar armarla de nuevo.

Saqué a tientas los escombros que quedaron tras la catástrofe y derribé de un grito cada callejón sin salida para poder escaparme de lo que me atormentaba. Y una vez con la superficie barrida de desniveles, una vez que me quedó más o menos despejado el terreno de lo que entorpecía, me pareció que se filtraba la luz por algún lado, como se cuela el sol temprano por las rendijas de una persiana mal cerrada. 

Era más esa claridad tamizada de lo que había tenido en mucho tiempo, y sin embargo aún no bastó para sentirme satisfecha...

Y  ocurrió que un día, en medio de las briznas de luz que había conseguido poner a flotar, llegó inesperada y súbita una alegría, el sobresalto de un milagro minúsculo que no había reclamado a ningún Dios y por el que no había batallado porque ni se me ocurrió desearlo. No me costó reconocerlo porque yo había tratado con lo mismo antes: aquello era suerte. De esa que uno no se gana sino que se encuentra por casualidad, repentina y radiante. Una dosis diminuta, pero suerte al fin y al cabo. La suerte haciéndome cosquillas otra vez, la que me creí perdida sin remedio, brillándome descarada en la punta de los pies.

Cómo cuando chispea, levanté la palma de la mano hacia dónde flotan las nubes, esperando que me mojase los dedos otra gota de fortuna. La pura verdad es que aún no me ha vuelto a salpicar, pero nunca la lluvia, ni la más liviana, se aparece con una sola gota. 

Casi siento pendiendo en el aire la pesada humedad de lo que está por caerme encima. Así que espero, ya sin esperanza sino con certeza, la sensación fría de la siguiente punta de agua hundiéndoseme en el pelo o resbalándome por la frente. Porque aquella primera gota que se le escurrió al cielo no puede ser sino el preludio de un aguacero.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Re-VIVIR

No hay mayor condena que la que nos ata al mundo, porque nos toca acompañarlo en cada vuelta y recibirlo entre los párpados con cada mañana. Digo que es una condena no tanto por penosa -aunque también a veces- sino por impuesta. Es imposible convencer al cosmos de que apague la luz de un mediodía o de que no desnude a los árboles cuando toca noviembre. Sigue funcionando el tiempo y aleteando la vida hasta cuando nos resulta indecente y nos pasa que lo tomamos por insolencia, pero tal vez sea una fortuna.

Si algo sé es que no existe existir sin desastres, que por más prosperidad que llevemos  garabateada en las rayas de la mano a todos nos espera en algún cruce la ansiedad de un abandono o la frustración de un fracaso con su dolor furioso e insoportable.

Quién no ha querido de pura rabia romper de un grito el eje del mundo y dejarlo a oscuras. Volver el tiempo hielo y el mundo silencio y poner al cielo a llover salado como un llanto de nubes. Pero nada se detiene y sigue afuera el bullicio del día a día con todo su descaro sin importarle que el desconsuelo y su desgana nos haya dejado inertes como muertos a pesar de que siga martilleando el pulso bajo la piel de las muñecas.

Me pregunto cómo será vestirse una escafandra e irse a flotar al espacio donde es noche perpetua y no te obliga el vaivén de la vida a seguirla cuando no tienes ganas. Pero seguimos irremediablemente pegados a la gravedad de la Tierra y su desorden, y por más que nos queramos detener aquí y ahora, nos tironea con su movimiento implacable. Así que seguimos viviendo por simple inercia, porque no hay entreacto desde que uno nace hasta que lo entierran, si bien por momentos no nos apetezca otra cosa que enrollarnos en un capullo igual que gusanos seda para no tener que seguir viendo el devenir de unos días que ya no provocan ni interés ni gusto.

No nos da tregua la vida aunque estemos agotados, y de tanto acompañarla aunque no queramos, nos sorprende de pronto en el camino algo que nos resucita. Al cabo de unos pasos hastiados se nos aparece la promesa de un éxito o el cosquilleo de un encuentro inesperado que nos cura como por milagro del desamparo que traíamos arrastrando. Recuperamos de repente todo lo que creíamos extinguido sin remedio, y más que nada el gusto del tiempo: la impaciencia porque llegue una fecha y el anhelo de que nunca acabe un día.

Contradecimos a nuestra terquedad volviendo a ser felices -¡quién lo diría!- a veces incluso más de lo que nunca fuimos antes de la catástrofe. Nadie se explica entonces, cuando vuelven a saltar los duendes en el estómago, cómo pudo querer apagar el mundo un día, ni cae en la cuente de la suerte que tuvo porque el mundo, imparable y obcecado, no le dejó. 

Y es que todos hemos creído alguna vez que nos faltaba algo esencial para seguir viviendo, sin saber que para vivir no necesitamos nada, sino la vida misma.

miércoles, 17 de octubre de 2012

La boda de mi mejor amigo

Era cosa de niñas soñar con la boda de una como si ese fuese el fin único del paseo que nos damos por la vida. Yo también fantasee con la mía hasta que se me afinó la cintura y me dieron ganas de gustarles a todos y angustia firmar un contrato perpetuo que me amarrase a un marido y a un hogar al que deberme. No fui yo la única que pospuso la idea, le fue pasando lo mismo a todas mis amigas, no digamos mis amigos, cuando empezaron a paladear tantas alternativas cómo ofrecía la libertad irresponsable que se nos presentaba a los jóvenes consentidos que éramos. Así que dejamos nuestro plan de boda olvidado quién sabe en qué rincón aprovechando que no habíamos nacido 50 años antes, que era lícito y hasta obligado probarlo todo sin levantar mucho escándalo y que alguien había inventado ya el arroz que no llegaba a pasarse.

Decidimos aplazar anillarnos de oro el anular, es cierto, pero extrañamente nunca se nos pasó por la mente renunciar. Y resulta que hace poco más de tres semanas me encontré sentada en la banqueta de una capilla, con la cabeza llena de laca y envuelta hasta los pies en un vestido de fiesta para ver al primero de mis amigos jurando la eternidad junto a la misma mujer. No era yo la única testigo de algo que aún me parece casi soñado. Ahí estábamos todos, con los pelos bien puestos y los trajes impolutos, adoptando el gesto más solmene que sabíamos. Éramos los de siempre: los mismos con los que he compartido mediodías de recreo, desvelos de risa floja, amaneceres descalza y fugas de punta a otra del mundo para ver a qué sonaba la noche fuera de Madrid. 


Mira que a mí no se me había ocurrido que nos fuese a alcanzar nunca del todo la madurez como para ponernos a construir familias, pero ese día, me tocó ver como se le mojaban las pestañas a uno de mis mejores amigos al ver aparecer el balanceo de organza que se acercaba al altar. Prometió todo lo que se le fue requiriendo y dijo que sí, que quería, sin que se le atragantase la voz. Entonces, siguiendo el guión de todas las bodas, se hizo la emoción y las mujeres se la secaron con el piquito de sus pañuelos y los hombres se la tragaron con ruido porque les apretaba en la garganta.


 A mí me conmovió como a todos, claro. O más bien me admiró, porque siempre me parecerá un prodigio que alguien acumule tanta seguridad para jurar que nunca va a aburrirse de besar el mismo aliento cada mañana. Sin embargo, también sentía removerse algo debajo del escote, y yo hubiese querido temblar de dicha pura y dura, pero sabía que era de pena. De pronto me pesó el juicio que los años me habían ido soplando encima y se me había acumulado sin darme yo ni cuenta. Por supuesto que algo nos quedaba todavía de los imprudentes que estábamos acostumbrados a ser, pero lo éramos menos y con más mesura cada vez, por más cría e insensata que yo me siguiese creyendo. Por eso, no eran tanto ver a un amigo cambiar de estado civil lo que me daba vértigo, era más comprobar que lo asumíamos sin rebelarnos y sin espanto, haciéndole hueco en nuestra normalidad. Así que ese día, con los novios rozándose castamente los labios como si no se hubiesen mordisqueado ya la piel hasta la última esquina, me entró como una especie de añoranza precoz del tramo de vida en el que aún existía pero que presentía se me estaba acabando y me puse a echarlo de menos como si ya lo hubiese consumido. Me dio de pronto por querer vivir para siempre en esta época dorada que los que ya visten canas rememoran siempre con chispitas en los ojos y cuyo nombre empecé a entender en ese instante mismo: ‘los años de soltero’. 



Ya sé que no era mi boda y que para mi tranquilidad seguía soltera aunque no tan entera. Sin embargo, sentía que con ella empezaba a transmutar también mi mundo Los que nos juntamos aquella tarde habíamos caminado juntos la despreocupación de la infancia, la confusión de la adolescencia y el alboroto de la juventud y ahora a uno de nosotros le brillaba una alianza en el dedo.Por eso, ese compromiso suyo era el anuncio del que sería el mío y de la vida ordenada y formal que llevaríamos todos. 

Esa noche la terminamos de día con los tacones en la mano, la corbata en el bolsillo y los ojos de vidrio de tanto brindar a la salud de los novios. Seguíamos agitados de juventud o eso me pareció… Con todo, cuando llegué a casa terminada ya la madrugada, me acerqué mucho al espejo para contar en cuantas rayitas se me plegaban los ojos al sonreír. Será que las conté mal o que las miré con la idea ya preconcebida de que me estaba haciendo mayor, pero a mí me parecieron más que la mañana anterior.