La saudade es una de esas palabras mágicas, tan precisas que no existe traducción exacta en ningún otro idioma que no sea el que la acuñó. Como si el sentimiento que refiere fuese exclusivo de un pueblo hasta el punto de que ningún otro haya tenido la necesidad de nombrarlo por puro desconocimiento. Yo aún no sé bien qué es. Tanta exactitud la convierte en una emoción ambigua y escurridiza que no termino de concretar. Sin embargo, estoy segura de haberla experimentado en más de una ocasión, aunque no me haya parado a analizarla y me haya limitado sencillamente a sentirla.
La primera vez que me mencionaron la tal saudade me pareció una quimera, un consuelo de tontos. Fue en una de esas despedidas de aeropuerto que han salpicado mi destino. Yo traía los ojos nublados de pena, y me agarraba como un koala al amante del que debía separarme mojándole la pechera con un mejunje de fluidos propios del desconsuelo. Conmovido y agobiado de tanto drama, aquel novio interrumpió mi llantina para hablarme de la saudade. Me describió ese sentimiento casi utópico, esa rara melancolía placentera, donde el recuerdo de lo que has perdido no escuece sino que se goza. No debíamos vivir esa separación como una desgracia, pues la evocación de nuestro amor siempre sería una fuente de felicidad y de vivencias positivas. Fue un discurso demasiado optimista que por supuesto no encajaba en mi despecho del momento, por lo que me emperré en rechazarlo, convencida de que me moriría de tanto echarle de menos.
La pura verdad es que aquella pasión empezó a diluirse apenas puse los pies en Madrid unas horas más tarde y terminó de perderse en algún lugar del planeta, exhausta de dar tumbos de un continente a otro. Toda la amargura que me pesaba como cemento se me evaporó y un día pude rememorar aquel amor feliz y satisfecha de haberlo vivido. ¿Sería eso la saudade?
He vuelto a experimentar esa especie de añoranza complaciente muchas otras veces y no siempre al hilo de un recuerdo romántico. Se me aparece, por ejemplo, cuando respiro el olor a tierra mojada y tortilla de patata de los veranos en casa de mis abuelos o cuando localizo en mi cerebro la imagen de los tejados de París desde la ventana abuhardillada del que fue mi piso de estudiante.
Le he dado muchas vueltas, y lo cierto es que aún dudo si he sabido interpretarla fielmente. Para mí, la saudade son las memorias de momentos felices a los que volvería si pudiera correr contra el tiempo, tan vívidos que casi parecen presentes y en cuya evocación uno no se frustra sino que se recrea con un pellizco de nostalgia pero también de gratitud. La saudade tiene la virtud de desterrar del ‘echar de menos’ la impaciencia y la ansiedad para convertirlo en un sentir sosegado y apacible, que no se padece como un mal sino que se disfruta como un regalo. Saudade de la tierra cuando se está lejos, saudade del sabor de la cocina materna y saudade de los difuntos queridos cuando se nos agota el duelo y podemos pensarlos sin angustia.
Los recuerdos pueden ser corrosivos como ácido cuando la pérdida aún está fresca, y sin embargo… qué bonita es la nostalgia cuando deja de doler.
Leti!! SAUDADE es mi palabra favorita en portugués! Me ha encantado lo que has escrito y tienes mucha razón, desde que la conozco más de una vez me ha hecho falta en otros idiomas, jeje! Enhorabuena por tu blog, es genial y sobre todo original! Un besito!!
ResponderEliminar¡Gracias, Ana! Más de una persona me ha dicho lo mismo que tú, lo necesaria que es la palabra 'saudade' una vez la conoces... Yo no tengo idea de portugués, pero esa palabrita no se me olvida. :)
ResponderEliminarUna tal Pilar, que te conoce desde el día que naciste, me dijo que leyera esto, porque te iba a comprender perfectamente. Busca el primer párrafo de un libro de Kundera, "La ignorancia", en el que habla de nostalgia y saudade.
ResponderEliminarPara mí, la saudade se diferencia de cualquier otra cosa en la forma de prenderse al cerebro como el Zahir del que hablaba Borges... aunque sea de manera sutil. Precioso lo que has escrito. Me encanta. Cruz
“La palabra griega para “retorno” es nostos. Algos significa “sufrimiento”. Así que nostalgia es el sufrimiento causado por el inquieto anhelo de retornar. Para expresar esta noción fundamental la mayoría de los europeos puede utilizar una palabra derivada del griego (nostalgia, nostalgie) así como otras palabras con raíces en su lengua nacional: añoranza dicen los españoles, saudade dicen los portugueses. En cada idioma estas palabras tienen un sesgo semántico diferente. A menudo ellas solo significan la tristeza causada por la imposibilidad de retornar al país de uno: el anhelo de país, de hogar. Lo que en inglés es llamado “homesickness” o en alemán: heimweh. En holandés: heimwee. Pero esto reduce esta gran noción a solo su elemento espacial. Uno de los más viejos idiomas europeos, el islandés (como el inglés), hace la distinción entre los dos términos: söknudur: nostalgia en su sentido general; y heimprá: anhelo por la patria. Los checos tienen nostalgie derivado del griego, así como su propio nombre, stesk, y su propio verbo; la más conmovedora expresión checa de amor es styska se mi po tobe (“te anhelo”, “estoy nostálgico de tí”, “no puedo soportar el dolor de tu ausencia”). En español añoranza, viene del verbo añorar (sentir nostalgia), que viene del catalán enyorar, derivado asimismo de la palabra en latín ignorare (no tener conocimiento de, no saber, no experimentar, carecer o extrañar). En esa luz etimológica nostalgia parece algo como el dolor de la ignorancia, del no saber. Tú estás lejos y no sé en qué has cambiado. Mi país está lejos y no sé que está pasando allí…”
ResponderEliminarLa ignorancia.
¡Gracias por tu comentario, Cruz!
Un beso (y por supuesto, te invito a hacerte seguidora)