lunes, 21 de noviembre de 2011

Y mañana, saldrá el sol

Dicen que no hay mal que por bien no venga, y no se puede contradecir la sabiduría popular. Es verdad que es difícil vislumbrar lo positivo cuando la tragedia se te viene encima, pero con el tiempo se te seca la rabia y empiezas a respetar la fatalidad como a un enemigo digno. De todo se aprende, y los golpes más duros suelen ser macabros maestros que te enseñan las lecciones más importantes de la vida.
No sé si fue el destino o la casualidad, el caso es que uno de los dos irrumpió un día en mi existencia y de un bofetón, me obligó a darme cuenta de que la muerte no es algo ajeno, sino que también agarra a aquellos a los que amamos. Dudo que vaya a conocer dolor más abismal que el que sentí durante aquella cuenta atrás, frustrada por no poder contener el goteo de vida que se iba por el desagüe, resignada a un final irreversible. Y sin embargo, ese episodio tan definitivo y lacerante, me dejó probablemente la más bella enseñanza.
Desde hace un tiempo, tengo un recuerdo recurrente: era de noche y yo estaba tumbada en la cama del enfermo. Me gustaba pegarme a él y sentir el cuerpo tibio, donde todavía fluía la vida. Él miró la ventana y sonriendo me dijo:
- ‘Tengo ganas de que se haga de día.’-
 –‘¿Porqué?’- pregunté yo, sorprendida.
- ‘Me hace ilusión que salga el sol.’ – fue su respuesta.
Hasta entonces no se me había ocurrido que un amanecer fuese digno de celebrar. Amanece cada día, no es ningún hecho extraordinario. Esa noche entendí que cuando sólo te quedan un puñado de amaneceres, se les borra lo banal y se vuelven excepcionales. No hizo falta una disertación filosófica, con esa afirmación tan simple aquel hombre consumido y derrotado, con los pies fríos ya de muerte, me enseñó el valor de la vida.
En realidad todos vivimos una cuenta atrás sólo que algunos saben cuándo termina la suya y otros ni siquiera lo intuimos. En esa falsa creencia de que somos para siempre, dejamos pasar la vida sin que nos roce, permitiéndonos  existir solo en ocasiones puntuales, sin sospechar lo mágico que existe en todo lo común que despreciamos o que ni siquiera advertimos.
Por suerte, esa persona que se escapó de esta dimensión y que hoy siento caminar liviano y envolvente a mi espalda, me contagió antes de irse la ilusión por lo que parece insignificante, como que mañana vuelva a salir el sol.


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